¿Dónde están las llaves?

El lápiz de labios, los tickets de compra, la gamuza para limpiar las gafas, las llaves del coche, bolígrafos, horquillas, el teléfono, la cartera, monedas y un par de tarjetas de crédito. Todo por el suelo del descansillo, enfrente de la puerta del piso. Elsa saludaba con vergüenza a los vecinos que se cruzaban con la escena penosa, ella de rodillas rebuscando para encontrar la llave.

    – Buenos días.
    – Buenos días.

Nuevos pasos resonaron por el hueco de la escalera, anticipaban otro bochorno, espoleaban las prisas, atizaban la urgencia y convertían sus gestos en manotazos aún más torpes.

    – Menudo lío.
    – Je, je.

Había vaciado los bolsillos del vaquero, colgaban por fuera como el forro de la cazadora donde las llaves habían terminado por aparecer. Entró en el piso, encendió la luz y depósito los tickets desordenados y las llaves sobre un mueblecito de madera que le llegaba a la cintura. Adosado a sus dos cajones y a una canasta trenzada, había un banquito para sentarse bajo el que había otro habitáculo para los zapatos, cubierto por una plancha de madera abatible. Lanzó el bolso sobre el cojín del banco y tomó el pasillo para ir a la cocina.

    – Aquí hace falta un espejo – se convenció ella.

Pero él no quería espejos. Le aterraba cruzarse con su reflejo cuando se levantaba al baño, sentirse observado cuando dormía, acercarse al cristal y que su doble hiciera un gesto distinto al suyo. Estupideces. A ella le ponían enferma sus supersticiones y sus temores de niño pequeño. “Con treinta años”.

Tomó un vaso de agua, peló una fruta y luego se puso a buscar el teléfono para enviarle un mensaje a César y decirle que había llegado. No lo encontraba, otra vez.

    – Me canso. No me soporto.

Revolvió la habitación, los cajones, miró en el mueble de la entrada, en el baño, en el wáter, junto a la mesa de dibujo técnico de su despacho, en los bolsillos, en los bolsos del pantalón… Bajó a la calle y miró también en los asientos del coche y sobre las alfombrillas. En los asientos traseros había olvidado unas zapatillas deportivas, una sudadera manchada de pintura y un pantalón de chándal. Metió la mano en el bolso del pantalón y ahí estaba, donde había estado todo el tiempo.

    – No me soporto – se reprochó.

César llegó por la tarde, a la hora prevista. Anunció su llegada con el grito de una frase banal. Miró el mueble y ella le escuchó quejarse de los tickets revueltos, de las cosas dispuestas de cualquier manera. Elsa ignoró sus quejas. Él se las lanzó más de cerca por encima del sofá en el que ella miraba fotografías y anuncios en la tableta electrónica.

    – Ha habido un terremoto en la entrada.
    – ¿Qué?
    – Los tickets.
    – Déjalo, luego lo ordeno.
    – Luego lo ordeno, no, ¿qué te cuesta no tirarlos así?
    – Que luego lo ordeno, te digo. Mira esto.
    – No miro nada, recoge los putos tickets, y el bolso, y los zapatos.

Ella se levantó con el rostro enfurecido, evitó mirarlo y desapareció por el pasillo. César se quitó el abrigo y se sentó en el sofá mientras escuchaba los ruidos de alinear los zapatos dentro del mueble, el sonido de unos tickets arrugándose los unos contra los otros. Un ajetreo en la cocina, pretendidamente escandaloso, invitaba a pensar que ella había lanzado el amasijo de papeles a la basura y cerrado el mueble de un portazo. Unos pasos furiosos trajeron de vuelta a Elsa hasta el salón.

    • – ¿Qué querías enseñarme?
    • – Nada – refunfuñó ella.
    • – Algo querrías enseñarme, si me has dicho “mira esto”.
    • – Pues ya no quiero enseñarte nada.
    • – Mujer…
    • – Mujer – repitió ella con una mueca que hacía aparecer unas arruguitas en su nariz y esculpía el resto de su cara de una violencia cortante, mientras ridiculizaba la voz de su marido.
      – Pues nada.

Una hora después volvió a la carga.

    – Enséñame lo que querías enseñarme…

La disputa se prolongó durante una hora en la que tuvieron tiempo de olvidarse de los motivos de la trifulca. Exhaustos, mal comieron sobras frías sin hablarse y se fueron a la cama. Él insistió y ella terminó por enseñarle el espejo de cuerpo entero que quería comprar para instalarlo en las puertas corredizas del pasillo. Él suspiró. A ella no se le podía reprochar la falta de tenacidad. César se dijo que no merecía la pena recordarle su pánico a los espejos ni poner nuevos motivos de conflicto sobre el tapete. Abdicó.

Dos días después aprovecharon el fin de semana para ir a la tienda, comprar el espejo y llevarlo a casa ellos mismos. En el parking, César sostenía el cartón que protegía el espejo, en equilibrio, mientras Elsa buscaba las llaves del coche en el bolso y en los bolsillos.

    – Me canso a mí misma.

La paciencia de César, escasa, se le escurría hacia el pavimento, como el cartón, que pesaba. Lo apoyó contra el coche, dejando el pie debajo para levantarlo más fácilmente después. Expiró un reproche fatigado.

    • – No me soporto, qué cabeza. ¿Las tienes tú las llaves?
      – ¿Por qué iba a tener yo las llaves?

Aún así se puso a buscarlas en los bolsillos del pantalón. El espejo esperaba vertical apoyado entre el coche y el pie de César, quien de pronto sacó las llaves de su cazadora. Ella se las arrebató furiosa, le amenazó con la mirada y abrió el maletero. Tumbaron los asientos traseros del vehículo, se desesperaron tratando de colocar el espejo de tal manera que ellos dos también pudieran entrar en el coche. No hubo más remedio que hacer dos viajes. César se llevó el espejo mientras Elsa regresaba a la tienda para buscar un cojín nuevo para el mueble de la entrada.

César aparcó junto al portal, descendió del coche y dejó los accesos abiertos hasta el apartamento, en el primer piso. Sabía que era una mala idea subir el espejo él solo, pero deseaba mostrar que era capaz de hacerlo por sí mismo, que no era tan torpe como le creían ella o su suegra.

Hacerlo entrar en el portal, pese a los escalones, fue fácil. La subida se le hizo más cuesta arriba, valga la redundancia. La maniobra para tomar un buen ángulo le desestabilizó pero fue capaz de retomar el equilibrio, pivotó para entrar dentro, esquivó los zapatos esparcidos por la entrada fuera del mueble, buscó el buen ángulo y apoyó el espejo con mimo, con extremo cuidado, plenamente satisfecho de su delicadeza.

Crack.

El crujido le descompuso. Se le solidificaron litros de saliva en el fondo de la garganta. Le subió la temperatura, se le enfrío el sudor de la nuca. Dejó el espejo horizontal sobre el suelo y se sentó en el cojín del mueble. Pensó que se iba a desmayar.

    – ¿Cómo puedo ser tan torpe? ¡Joder!

Una percepción normal del espacio, unas manos hábiles, que no dudaran, no era mucho pedir. Anticipando la trifulca se precipitó sobre el embalaje y empezó a arrancarle jirones de cartón para comprobar el alcance del estropicio. No habría sido más rápido ni para ocultar un cadáver. Debajo del corcho, del papel protector semitransparente y de las burbujitas, había un espejo intacto.

César se pasó la mano por la barba. Lo había oído, un crack. El espejo tenía que estar hecho polvo. Lo levantó por una esquina. Ni un solo fragmento de cristal se había desprendido. Se arrodilló frente al espejo y ahí estaba él, o su reflejo, sudando. Gotas gorditas y espesas se habían acomodado en su frente y cayeron sobre la superficie brillante del espejo. Él mismo se sorprendió de su reacción, de su no reacción. Habitualmente aterrado por los espejos, la imagen acalorada de sí mismo debería parecer ridícula, rostro enrojecido y sudoroso, vestimenta de deporte demasiado holgada, pero le resultó segura y vigorosa. Se levantó, recuperó las llaves de casa y cerró detrás de él, dejando por el suelo el espejo. Fue a recuperar a su mujer a la tienda, por supuesto sin contarle nada del incidente. Del no incidente.

    • – ¿Qué te parece? – preguntó ella, ya de regreso, en el pasillo, con los brazos cruzados frente al espejo.
    • – Queda perfecto.
    • – ¿Sí? No me convence.
    • – Muy elegante.
    • – Y tú que no querías.
    • – Agranda el pasillo.
      – No me convence.

César le dio un beso en la frente y se despidió. Ella revisó su peinado delante del espejo, la ropa, los pendientes, el colgante. El colgante. Se echó la mano al cuello desnudo y fue a la habitación para ponerse la joya que su marido le había regalado por su primer aniversario. No estaba en el maniquí en miniatura donde colgaban los otros colgantes y los anillos, ni encima de la mesilla de noche, ni en los cajones de la entrada. ¿Primer aniversario de bodas, primer año como novios? ¿O igual se lo había regalado su hermano? Ni estaba bajo la mesa del cuarto de estar ni en su despacho.

    – Voy tardísimo.

Se volvió a mirar en el espejo.

    – No me convence – repitió, pero hablaba de la ropa, que le parecía arrugada, y del peinado, de la mirada de falsa intelectual burguesa que le creaba las gafas, como si su reflejo le susurrara que era fea, que no iba bien vestida. Que parecía estúpida.

Cuando Elsa regresó del trabajo se encontró con algo absolutamente increíble. Su marido había liberado espacio en el garaje para colocar contra la pared una decena de paneles rectangulares.

    • – ¿Qué es eso?
    • – El aislante.
    • – ¿Y qué pretendes hacer tú con eso?
    • – Aislar el techo del garaje.
    • – ¿Tú?
      – Claro que yo.

César le pasó la mano por detrás de la cintura y le ofreció un beso sonoro e intenso.

    • – ¿A ti qué te pasa? – preguntó Elsa, sonriente, sorprendida.
    • – ¿A mí? El día ha ido bien, estoy contento.
    • – Ya, pero a ti qué te ha picado. ¿Desde cuándo sabes tú colocar paneles aislantes?
      – Esto no es nada, en un par de horas lo tengo listo y dejarás de tener frío en los pies cuando trabajas en el despacho.

Elsa sacó las llaves de casa y salió del garaje. Lanzó una mirada de desconfianza por encima del hombro. Subió a casa, se descalzó rápidamente junto al mueble y se fue hacia el retrete. Se miró la muñeca para calcular si tendría tiempo para darse un baño después de hacer algo de deporte, pero no tenía el reloj puesto. Tomó el teléfono y le mandó un mensaje a su marido. “Mira a ver si está mi reloj en el coche”. Se preparó el baño de todos modos y se puso a leer una novela en vez de salir a la calle. Se estaba quedando dormida cuando el teléfono vibró a su lado. “En el coche no está. Besos”.

    – ¿Dónde narices está el reloj?

Hizo memoria y lo cierto es que no tenía el recuerdo de haberlo mirado por la mañana, ni durante la reunión del mediodía, ni durante la comida con los compañeros. Le molestaba no encontrar ese reloj porque era un regalo, no se acordaba de quién pero un regalo al que se sentía muy unida.

César estaba cada vez más raro, se decía día tras día al ver los paneles perfectamente instalados, el taller de detrás del garaje bien ordenado, o el espacio ocupado durante años por una rueda de repuesto inútil y un frigorífico viejo. Primero creyó que los había llevado al desguace, pero en realidad los había vendido y le había comprado un reproductor de música y unos cascos inalámbricos que había perdido la semana pasada, o la anterior, ya no sabía. En el hueco había una máquina de remos que su marido utilizaba con cierta frecuencia, a juzgar por el aspecto de sus hombros.

Elsa miró la máquina a través de la luna del coche, de regreso del trabajo. Echó un vistazo al retrovisor y se topó con unos ojos desafiantes, los suyos. Se bajó del coche, se subió en la máquina, se preparó, se estiró las mangas de la camisa y accionó los remos una y otra vez hasta que no pudo más. No había hecho ni cinco minutos y ya estaba agotada. Subió a casa y al pasar delante del espejo se dio cuenta de que había olvidado la chaqueta junto a la máquina. Se sintió incómoda al cruzar la estrechez del pasillo pegada al espejo. “¿Había cerrado el garaje?” Se dio una ducha sin comprobarlo. Tenía que terminar el diseño exterior de un inmueble, pero no le quedaban más energías, esperó a su marido viendo una película hasta que el sueño la dejó tendida en el sofá.

Se despertó de noche. Alguien había apagado el televisor. Tenía hambre, no había cenado, pero sólo pensaba en acostarse en la cama. ¿Por qué no le había despertado César? Escuchó una respiración fuerte, agitada, venía del pasillo, o del dormitorio. Encendió la luz de la habitación. César no estaba, las persianas seguían abiertas y afuera la oscuridad se había apoderado de la calle. Volvió a escuchar el aliento acelerado, está vez más bien un jadeo. No podía ser. Al silencio le sucedió un gemido. Fue al pasillo.

    – ¿César? – titubeó con tanto miedo al silencio como a la respuesta.

El parqué crujió bajo sus propios pasos. Ella caminaba lentamente por el pasillo sin luz. Dejó atrás dos puertas cerradas y llegó hasta la cocina. Encendió la luz, allí no había nadie pero los jadeos volvieron a repetirse, a su espalda. La iluminación alcanzaba el pasillo, ella avanzó muy lentamente intentando identificar el origen de los sonidos. La luz de la cocina rebotaba en el espejo y se perdía por la entrada del piso. Se detuvo frente al espejo y lo miró. Su reflejo no estaba allí. La misma oscuridad azulada que acababa de ver a través de las ventanas poblaba el fondo del espejo. Un sendero húmedo se adentraba en la noche y ella empezó a caminarlo atraída por los murmullos del interior y la repetición de los jadeos. Al fondo del camino había un claro en medio de un jardín, iluminado por una luna atravesada por los bordes afilados de unas nubes. En el medio de aquel círculo, César copulaba con otra mujer.

Se habría tranquilizado si César estuviera a su lado al despertar. Lo culparía el resto del día por esta infidelidad imaginada pero no ficticia. Palpó a ciegas las sábanas y las almohadas, sabiendo de antemano que él no estaba ahí. Se levantó, temerosa y aún alterada, se aproximó al pasillo y al doblar la esquina se topó con su marido mirándose en el espejo.

    – ¡César! – la voz parecía entrar hacia la garganta más que salir, como si quisiera gritar sin que nadie más le oyera. – ¿Se puede saber qué haces?

Él se giró con un aire confundido, pero lejos de parecer sonámbulo o acabar de salir de un sueño. Parecía atondado pero no sorprendido.

    – Iba al baño – respondió con naturalidad.
    – ¿Cómo al baño?
    – Sí, a mear.

Ella dudó un segundo.

    • – Me quedé dormida en el sofá.
    • – Sí, apagué la tele y te llevé al dormitorio.
    • – ¿En brazos?
      – No, a carretilla. Pues claro que en brazos – susurró. – ¿Qué te pasa? Vete a dormir y deja de decir tonterías.

Dos días más tarde, César se la encontró llorando de regreso del trabajo, en la cocina. Un té se enfriaba en una taza en la encimera.

    • – ¿Estás bien?
    • – No, César, pareces idiota. ¿No ves que estoy llorando?
      – ¿Y por qué estás llorando?

Desbandada de clientes. Tres proyectos al agua, un parque y dos casas de los que finalmente no iba a ocuparse, así, de golpe.

    • – Un desastre, César, una catástrofe – le dijo mirándole a los ojos. Lo que descubrió era más insospechado que el consuelo. Ella estiró la mano y le acarició la cabeza a la altura de las entradas. – Tienes más pelo, ¿no?
      – Elsa, ¿más pelo? ¿Cómo voy a tener más pelo? Lo mío con mis entradas es todo un divorcio. Y ponte unos pantalones, que te vas a quedar fría.

Elsa se miró las piernas desnudas, el té enfriándose, ya frío, en la encimera. Las nalgas prietas de su marido se alejaban por el pasillo. La camisa impoluta, la chaqueta al hombro como un dandi. Lo vio mirarse en otro espejo que él mismo había colocado en la entrada. “Si no lo veo no lo creo”.

    – Una mala racha. Es sólo una mala racha – trató de convencerla él.

Y Elsa sin pantalones, como en un sueño poco original en el que fuera a clase desnuda y todos se rieran de ella.

De camino a la habitación se detuvo en el pasillo, a mirarse y se pellizcó las nalgas delante del espejo. Dio varias vueltas, pero con cada giro se sentía menos graciosa.

    – Estoy hecha un cachalote. Estoy horrible. Mira estas raíces, vaya pelos.

Fue hasta la entrada para verificar que había cerrado la puerta con llave. Aprovechó para mirar su peinado más de cerca en el espejo nuevo. No había raíces, ni ojeras, ni mal aspecto, se veía bien. Maquillada, peinada, bien. Cerró la puerta y dejó las llaves en la cerradura. Se fue al otro espejo.

    – Madre del amor hermoso. Mira estos cachetes, y vaya tobillos.

Entonces la vio. La fisura partía de la esquina derecha, abajo, y reptaba hasta el extremo inverso a la izquierda. La línea era apenas perceptible. La recorrió con el dedo para ver si era profunda y se cortó. Unas gotas de sangre le cayeron en un dedo del pie.

    – ¡César! ¿Tú habías visto que el espejo estaba roto?

Elsa se acuclilló y frotó las gotitas de sangre con un dedo de la mano en la que no se había cortado. Entonces creyó perder el equilibrio, y cayó de bruces hacia el espejo.

César había dormido estupendamente, se levantó, se duchó, se vistió y tomó un café con unas pastas de almendra. Se echó un vistazo en el espejo y se dio unos cachetitos de reconocimiento en las mejillas, el mentón bien afeitado, apurado excelente. Pasó por la entrada y recuperó las llaves del cenicero apoyado sobre el mueble, salió a la calle y bajó las escaleras con entusiasmo.

Regresó satisfecho a casa, puso música en el salón, sacó una cerveza del frigorífico y se fue a tomarla a la terraza. Miró el reloj. Le quedaba tiempo para unos abdominales y unas cuantas series de pierna en el garaje, y por qué no unos golpes al saco de boxeo. Terminó el ejercicio, se dio una ducha. Estaba pletórico, las comisiones de ventas iban cayendo sin parar desde hace semanas. Llamó a Gerardo y se lo dijo.

    • – He vendido otra. Esto hay que celebrarlo.
    • – ¿Un martes?
    • – ¿Qué pasa? Sí, un martes.
      – Bueno, como es martes, y los martes tienes… pero vamos que si a ti te viene bien, a mí también. Te paso a buscar en 20 minutos.

Gerardo hizo sonar el claxon una media hora más tarde. César sacó la cabeza por la ventana y le gritó que ya bajaba. Le tuvo esperando 10 minutos. Salió por el portal y le hizo una señal de que apagara el motor y le indicó que fuera hacia el garaje. Éste empezó a abrirse cuando accionó el mando a distancia de la puerta automática.

    • – La he instalado ayer. No hace ni pizca de ruido.
      – ¿Te habrá ayudado tu chica?

César le miró como si aquello no tuviera sentido.

    – ¿Qué chica ni qué chica? Yo solo.

En el interior del garaje había una moto de alta cilindrada.

    • – Vamos que nos vamos.
      – No hay quien te reconozca, estás que te sales.

Cuando César regresó a casa se encontraba ebrio e intranquilo. Se sentó en el mueble de la entrada para no caerse. Había bebido de más pero el problema no era ése. El bar al que le había llevado Gerardo le complacía, la música, el ambiente y las mujeres. César se fue de la pista de baile solo un momento, para lavarse la cara. Se había acelerado más de la cuenta con los cubatas. Echó un trago del grifo y se pasó un chorro de agua fría por la cara y la nuca. Se miró al espejo y ella estaba allí detrás, en el espejo. El corazón le dio un vuelco.

    • – ¿Qué haces aquí?
      – Es un baño unisex – respondió la mujer detrás de él.

Quiso lanzarle una mirada seductora al espejo para darse ánimos y asegurarse un triunfo, pero en su lugar se le escapó una risita idiota. Salió del baño directamente y fue hasta Gerardo, que le hacía señales desde la barra.

    • – César, tú estate tranquilo, que ocurra lo que ocurra yo no pienso decir nada.
    • – ¿A quién no le vas a decir nada?
    • – A quién va ser, ¡a tu mujer!
    • – Qué mujer, Gerardo, ya es la segunda vez que me lo sueltas hoy.
      – César, no te quedes conmigo, a tu mujer…

Gerardo lo miró perplejo, pero César observaba el espejo de detrás de la barra, y no a su amigo. Gerardo le pasó el dorso de la mano por la cara.

    – Estás pálido, pero pálido.

César salió a la calle. Recuperó la moto, la arrancó y trató de llegar a casa. Serían las copas, o el desconcierto que se había apoderado de él con aquellas preguntas ridículas, pero tuvo que aparcar la moto a varias manzanas de su apartamento para evitar tener un accidente. Sacó las llaves del bolsillo. No eran sus llaves.

Subió rápidamente al primer piso. La oscuridad del pasillo le esperaba dentro. Tenía miedo de avanzar hacia las sombras y encendió la luz. Estuvo a punto de preguntar si había alguien, pero eso habría sido absurdo; la puerta estaba cerrada con llave cuando llegó. Iba a mirarse en el espejo pero sintió un estremecimiento que se lo impedía, como si algo fuera a ocurrirle. El pulso se le aceleró y la tensión le estranguló la boca del estómago. Encendió aún más luces y fue al pasillo. Se miró en el espejo. La imagen frente a él parecía falsa, la de un extraño que sincronizaba cada uno de sus gestos. Estiró un dedo y los índices de ambos tipos se tocaron. La uña acarició un defecto del cristal. Se extendía hacia la esquina superior izquierda. Abajo, a la derecha, un trocito de cristal se había desprendido y caído al suelo. Se agachó para tomarlo entre sus dedos y entonces la mano del extraño le agarró por la muñeca. El tacto era frío y fuerte como una tenaza. No quiso mirar al espejo, temía cualquier cosa, una cara monstruosa, una serpiente saltándole a la cara o el cráneo de un cadáver.

Chilló como un demente, como todas las veces que quería escapar de un sueño, pero el sueño no se desvanecía y él no se despertaba. Mientras una mano seguía apretándole la muñeca, otra le sujetó del cuello y le acercó el rostro contra el espejo. Él cerró los ojos. Una lengua bífida le acarició los párpados.

    – Bésame, César, nadie te quiere más que yo – le susurró una voz gutural, reverberante. Era incapaz de distinguir su sexo, pero desde luego, no podía ser humana.

El pánico le petrificó el cuerpo. Sólo le dejó pensar que si lograba quitarse un zapato, tal vez pudiera golpear a lo que fuera que tuviera delante y zafarse de su abrazo. Unos dientes puntiagudos le atraparon el labio y empezaron a tirar de él. Pensaba que se lo iba a arrancar. Empezó a chillar a causa del dolor. El frío que había comenzado en la muñeca se extendía por todo el brazo. Si no hacía nada, estaba seguro de morir.

Entonces abrió los ojos y lo vio. Estaba allí tal cual lo había sospechado cada día de su vida. Cayó hacia atrás, con tiempo para ver como las manos regresaban al interior del espejo.

Salió corriendo hacia la entrada. Giró el picaporte pero la puerta estaba cerrada. Él no recordaba haberla cerrado. ¿Dónde estaban las putas llaves? Entró corriendo en la habitación más cercana y la cerró detrás de él. Primero sólo escuchó su respiración desbocada. Nada al otro lado de la puerta hasta que empezó a percibir una respiración, un siseo, seguida de una sucesión de jadeos. Luego gritos, insultos, reproches mezquinos. En el despacho, a su derecha, había una mesa de dibujo técnico. Sobre la superficie inclinada había apoyados varias cartulinas. Creía saber lo que había en aquellas hojas. Los planos de una casa y la fachada de un hogar.

    – Un martillo. ¿Dónde guardamos el martillo?

Su lugar era el cajón junto al despacho, pero no estaba allí.

    – ¿Dónde habrá dejado el martillo? ¡Elsa! ¿Dónde has dejado el martillo?

Los ruidos, que se habían detenido, regresaron al otro lado de la puerta.

    – Elsa, Elsa, Elsa…

Repitió el nombre varias veces como si realmente le sonara de algo. Cuanto más lo decía, más fuerte se escuchaba el ruido de las protestas, los chillidos histéricos, los alaridos agudos, al otro lado del umbral que lo separaba del pasillo.

    – ¡Elsa!

Ninguna respuesta, y luego un silencio paralizador. Nada, absolutamente nada al otro lado de la puerta. ¿Qué pasaría si no hacía nada? ¿Podría simplemente esperar a que se hiciera de día? Chilló el nombre de aquella mujer. Encontrarla le pareció de pronto una razón suficiente para arriesgarse a que el espejo se lo comiera vivo. Se forzó a contar hasta tres y salir, pero a la de tres sólo logró sujetar el picaporte de la puerta y nada más. ¿Qué podría hacer él contra lo que le esperaba al otro lado de esa puerta? ¿Qué podría hacer él solo? Y fue ese “solo” y todos los significados que se aferraban a la palabra lo que le ayudó a salir al pasillo.

Allí no había nada ni nadie. Ni susurros ni ruidos. Caminó tembloroso hasta el espejo y cuando llegué frente a él solo vio su horrible reflejo. Sus entradas donde debía haber pelo, su vestimenta a medio planchar con el pico de la camisa por fuera. Él. Solamente él. Era absolutamente horrendo. Apoyó la mano sobre el espejo, se compadeció. Pero el reflejo al otro lado del umbral no se limitó a compadecerse, sino que le odió. Sabía que le odiaba por la expresión agria de su rostro y las manos juntas en torno a su corazón, clavándole las uñas para atravesar la piel y arrancárselo del pecho.

César gritó, se revolvió y trató de arrancar la puerta corredera de los goznes. Un bramido histérico se alzó sobre los gritos de su yo reflejo, hasta que el espejo se deslizó fuera del eje del raíl y se estrelló contra el suelo. El cristal estalló y los pedazos saltaron por todo el pasillo y hacia la cocina como un surtidor de agua sin control. Una colección de objetos procedentes del interior del espejo empezaron a mezclarse con los cristales y rebotar contra las paredes. Un reloj, una chaqueta, unos pantalones, un collar, una caja llena de cartas, un perro, una cuna hecha pedazos, unas zapatillas de deporte, un teléfono móvil y al final, del interior del marco del espejo, acostado contra el suelo, unas manos pálidas aparecieron reclamando auxilio. César las agarró por debajo de las muñecas y tiró hasta extraer del espejo el cuerpo desnudo de su mujer. Tiró y tiró hasta caer sentado.

Ella respiraba entrecortadamente y se abrazó al cuerpo de César como si éste fuera una botella de oxígeno. Él temía que algo se le hubiera roto a Elsa. Le preguntó. Ella negó con la cabeza.

    – ¿Qué es lo que has visto? – reclamó la mujer entre jadeos, con un gesto de pánico impreso en el rostro. – ¿Qué has visto en el espejo?

Los dos siguieron mirándose, incapaces aún de sobreponerse a la estupefacción para ofrecerse calor o ternura. Los dos sabían lo que el otro pensaba, se preguntaban si quedaba algo bueno o malo por salir del espejo. Una cantinela infantil se escuchaba bajo sus pies, les llegaba como un eco que atravesara lo que antes había sido un espejo. Una voz chirriante repetía las estrofas. “¿Dónde están las llaves matarile rile rile?” Las manos de Elsa se estrecharon crispadas y doloridas alrededor de los brazos temblorosos de César. “En el fondo del mar, matarile rile rile”. Ella sólo quería que aquello acabara, pero la voz se repetía una y otra vez. Una y otra vez. “¿Quién irá a buscarlas matarile rile rile?” Los dos se miraron, esperando la respuesta del otro.

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4 respuestas

  1. Recomiendo la lectura ¿Dónde están las llaves?, por cómo cuenta la historia de la vida de una pareja común que sorprendentemente da un giro final espectacular al destaparse la necesidad de algo de lo que no eran conscientes.

  2. El relato me ha mantenido en tensión hasta el fin. Tendré cuidado con los espejos. Dicen que cuando se te rompe un espejo te condena a siete años de mala suerte…

  3. Historia entretenida que te engancha hasta el final, las descripciones brillantes hacen meterte en la historia que te tensa e intriga.
    Por poner una pega muy corto al ser un relato, seguiría leyendo mas paginas
    Muy recomendable

  4. Nunca miraré los espejos de tu piso como antes Carlos. Muy buena historia, con tu toque fantastico siempre apasionante y ( muy ) sorprendente, ya que muchas de tus creaciones empiezan con situaciones rutinarias, pero se terminan con un cataclismo… Veo que tengo retraso sobre algunas historias, ahora voy a leerlas. OLE CUESTANARRATIVA

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