Los pies, Silva

Una luz fluorescente y blanca vibraba como un abejorro sobre la cabeza del boxeador en el cuadrilátero. Los golpes se sucedían en el aire en un ejercicio técnico de sombra. El resuello se escapaba, una vez tras otra, de la boca de aquella figura vertical, afilada, compacta, que deslizaba con elegancia sus pies sobre la lona del ring. Mientras, Somoza sonreía en la penumbra, sentado en un taburete, silencioso. Agitaba la cabeza, afirmativo, confiado. Se pasó la mano por el mentón y frotó los dedos contra la barba corta y áspera, apenas afeitada. Habían sido días duros. “Jodidos”, pensó Somoza. “¡Dale, dale, izquierda, izquierda, derecha, gancho!”. Habían sido bien jodidos.

El eco de la voz del entrenador dio la vuelta a la sala prácticamente vacía y casi a oscuras. Nadie salvo ellos dos ocupaba el semisótano tapizado de carteles de galas y torneos. “¡Los pies, los pies, los pies, zip, zip, atrás, adelante, golpea!”. Silva asintió y repitió obediente, encadenó dos series y volvió a empezar. Repetición tras repetición, sin dudas, desconfianza ni miedo. Se imaginó al adversario delante, huesudo, alto y peligroso. Correoso y feo como una enfermedad, lanzándole zambombazos con la izquierda, para medir la distancia. Venía detrás una derecha rápida y fulminante, curva, explosiva. Lo peor era la mirada, gélida pero sin odio. La mirada de Guzmán hacía casi más daño que los golpes, te petrificaba los pies y luego venía el batacazo, inapelable y destructor. Guzmán había salido del infierno, y cada victoria era un salvoconducto para seguir fuera y alejarse peldaño a peldaño. “Uno, dos, uno dos”. El acento gallego de Somoza se le subía a Silva a los hombros y le impedía relajarse o bajar la guardia.

Y entonces dio dos palmadas y le pidió que parara. “Ya está, suficiente”, concedió Somoza levantándose del taburete. Cogió el asiento y lo dejó al lado de la pared. Miró al cuadrilátero y vio a Silva encadenando golpes cada vez más rápido. “Ya está te he dicho”. El muchacho paró, metió el guante derecho bajo el sobaco y tiró para sacárselo. Somoza se aproximó al cuadrilátero y puso las manos en la lona. Silva se puso de cuclillas junto a él y extendió la mano hacia su entrenador. Éste le quitó el guante y le miró a la cara, amoratada e inflada por los golpes.

    – Le hemos dado fuerte, patrón.
    – Sí que le has dado, sí – sonrió el gallego.

Somoza le ayudó a bajarse del ring y le dejó que se apoyara en él hasta llegar al cuadro eléctrico junto a la entrada del gimnasio.

    – Vamos a tener que comprar una vitrina, patrón.
    – ¿Tú crees?
    – ¡Jo que sí! – afirmó Silva articulando escasamente. Guzmán le había hecho polvo el labio.

El muchacho se agachó y cogió el trofeo. Miró al fondo de la sala buscando un lugar donde dejarlo, sin encontrarlo. Lo dejó apoyado encima del radiador.

    – Tienes razón – terminó por decir Somoza.
    – Para que no cojan polvo.

Somoza bajó el fusible y el halógeno se apagó con un restallido. Dejó salir a su pupilo, cerró la puerta con llave y ambos subieron la escalera comentando los lances del combate de aquella noche. “Se merecía algunas líneas en la prensa local”, se dijo el entrenador mientras palmeaba amigable la espalda del chaval. De verdad que merecía unas parrafitos del periódico, e igual también una foto, aquella noche fabulosa. Le había dado con todo, al Guzmán, hasta dejarlo seco como un árbol talado. Uno, dos, zas, zas. El chico no podía más, pero él se lo había llevado a rastras hasta la sala para entrenar lo que no había salido bien. Y se lo decía por las escaleras, que los pies había que moverlos mejor.

    – Pero lo he fulminado, patrón.

Somoza le miró, le dio una colleja y terminó de subir la escalera. No iba a decírselo nunca, hasta qué punto estaba orgulloso de él. A Somoza se le habría hecho trizas la reputación, la poca y mala que tenía, si le hubiera dicho lo que de verdad pensaba, o las ganas que tenía de llorar de emoción por la victoria de aquella noche. En lugar de eso le cogió del mentón y del pómulo que Guzmán le había abierto de un guantazo.

    – Los pies, Silva, los pies.
    – Sí patrón, los pies – se rindió el muchacho sin que pudiera evitar que se le escapara una sonrisa.

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