La sala de espera

El grifo lanzaba un chorro de agua fría sobre el fregadero, donde se amontonaban varios platos y cubiertos del día anterior. Ella los sostuvo en la mano, los pasó bajo el agua y se inclinó para depositarlos en el lavavajillas. Los trocitos de carne y los restos de salsa secos se despegaban solos o con un poco de ayuda de un estropajo. La sola diferencia con ayer era el cielo gris. Hoy la luz entraba generosa por el ventanal de la cocina, pero en aquel fregadero había los mismos cubiertos y los mismos platos, u otros idénticos, indistinguibles.

Ella lanzó una mirada a través del pasaplatos que conectaba con el salón y lo vio al fondo de la sala de estar, sentado en un sillón, intentando leer un libro. Ella sonrió de lejos y él la vio también. Él cerró las tapas del libro y de sus ojos cansados escapó una expresión de felicidad. Los rasgos de su rostro eran sinceros y la fatiga de su mirada tampoco mentía. Él era un compañero de largas esperas, que había creído también, como ella, que si el tiempo y la distancia son, según dicen, dimensiones de lo mismo, el paso del tiempo terminaría por acercar unas cosas y alejar otras. Ahora lo dos temían que no, que algunas cosas se quedan y que son por desgracia las que impiden que el tiempo avance. Ella se acercó por el pasillo, hasta el salón, y lanzó una mirada tierna, pero cauta, al pesebre vacío del Belén que él acababa de instalar. A lo mejor tendría tiempo de comprar la cena antes de pasar por el hospital. A lo mejor, algunas de esas cosas que ambos esperaban no llegarían nunca, porque la repetición de sus días era precisamente eso.

Cogió las llaves de casa y las metió en el bolso junto a la cartera y un libro. Él se comprometió a hacer las compras que faltaban y le reprochó en broma que hubiera intentado marcharse sin darle un beso.

Ella entró en el coche y la lista musical se activó por sí sola cuando el aparato de radio del vehículo detectó su teléfono. Las mismas canciones, en el mismo orden, le daban una sensación de seguridad. Como tomar las mismas calles para ir a los mismos lugares, o leer los mismos libros en vez de tentar caminos diferentes para su imaginación en los tiempos de espera.

Al llegar al hospital, trató de buscar una plaza de aparcamiento, merodeó hasta encontrarla y una vez estacionada se apresuró a identificarse en el despacho de secretaría. Se acomodó en una de las sillas de plástico de la sala de espera, si acomodarse es la palabra adecuada para esos asientos feos, tristes, ásperos, que crujen con los movimientos de la impaciencia de los pacientes, y el peso de sus males soportados más o menos en silencio.

Abrió su libro, retiró el marcapáginas. Lo colocó al final, entre la última de las hojas y la pasta, y siguió leyendo. Lo intentó, al menos. Ya fuera por falta de concentración o de energía, le costaba avanzar, recordar lo que había leído o, simplemente, tenía la sensación de atascarse una y otra vez entre los renglones de una misma página, una y otra vez, de nuevo y constantemente, durante las largas, largas esperas entre análisis y pruebas, con resultados y protocolos, obedientemente repetidos, que llevaban, al menos así había sido hasta el momento, a ninguna parte.

Colocó de nuevo el marcapáginas en el comienzo del mismo capítulo y cerró el libro. Miró alrededor suyo los diferentes rincones de la sala de espera que se había grabado a la fuerza en su memoria. Los pósters de concienciación que ya había leído, las láminas divulgativas que ya se había aprendido, los carteles de las puertas de los despachos, del baño, de las salidas, de aquellos pasillos tristes de baldosas sobrias, de olores neutros y sensaciones tibias, de sentimientos agrios, de esperas densas y silencios plomizos. La sala de espera se había ganado bien su nombre. Nadie. Allí no había nadie y ella estaba sola. La presencia de la gente no le acompañaba, ni allí ni fuera; las diversiones ya no le divertían. Abrió el libro, por reflejo, y releyó las mismas palabras, incapaz de retenerlas. Las páginas avanzaban pero la historia se había congelado, por culpa de palabras agotadas, que ya no querían decir gran cosa. Miró el reloj de muñeca y efectivamente, el tiempo seguía avanzando en círculos. Qué grotesco espejismo. La consulta iba de nuevo con retraso, como siempre.

– Un retraso previsto no es un retraso – se dijo.

Se sumergió una vez más en la página. La terminó, después otra y luego comenzó a deslizar las siguientes entre sus dedos para ver dónde comenzaba el nuevo capítulo, pero las masas de texto, los párrafos que se sucedían, no eran más que un bla bla bla consecutivo. Ella empezó a pasar las páginas más rápido, con desesperación, indiferente al texto que desfilaba como árboles en fuga al otro lado de la ventanilla de un tren. Por pura lógica, por una cuestión meramente física, a fuerza de pasar páginas, en algún momento debería llegar al final, pero aquel capítulo del libro se resistía a terminarse. Aquella situación absurda le daba miedo. Lanzó el volumen contra el suelo y se encaminó por el pasillo para encontrar a alguien que pudiera informarle de cuánto le quedaba aún por esperar. Nadie en el pasillo, nadie que le dijera nada en aquellos corredores hasta que al final, al doblar una esquina, pudo ver a una mujer sentada en la mustia sala de espera. Su primer reflejo fue aproximarse, pero un detalle, el libro en sus manos, le demandó precaución.

La mirada confundida de la otra mujer le pareció primero grotesca, pero sus trazos podían igualmente traducirse por una súplica, si uno observaba bien sus ojos, que pedían una explicación por la incoherencia impresa en las páginas que desfilaban entre las yemas de sus dedos.

– Todas son iguales – pronunció la otra mujer, consciente de que la recién llegada le comprendería, a sabiendas de que compartían el mismo problema.

Detenerse a conversar habría sido absurdo. La mujer no podría decirle nada que ella no supiera, ni contarle nada que ella misma no hubiera vivido. Y a la vuelta de una nueva esquina, podríamos aventurarnos a decir “la misma esquina”, las mismas sillas, los mismos azulejos y los mismos pósters, la misma ausencia inmisericorde de motivos y la misma mujer perpleja ante una sucesión de páginas que no querían decir absolutamente nada nuevo.

– Lo sé – anticipó ella sin darle oportunidad a su réplica. – Todas son iguales.

La mujer en frente asintió y, contrariamente a la lógica, a ella esa reacción no le generó empatía hacia sus males compartidos, más bien le pareció patética y hasta cierto punto reprochable, por más que levantarse y andar, buscar, gritar, quejarse, ocuparse con sucedáneos de la espera no sirviera absolutamente de nada. De nada parecía servirle a ella, ni a él que seguramente estaría haciendo las últimas compras, ordenando la casa, respondiendo a los mensajes que se acumulaban en el teléfono, en las cuentas de correo electrónico o en el buzón.

Pensó en el pesebre. En el pesebre vacío y encontró la fuerza para imaginar, más bien recordar, lo que significaba el pesebre ocupado, más allá de la interpretación de otros símbolos y milagros por venir; lo que quería decir ese gesto que rozaba el egoísmo, si no era en verdad el mayor de los egoísmos, el de querer descubrir por fin el contenido de las páginas de aquel capítulo que otros le habían contado ya, con la esperanza, casi mezquina, de descubrir que en su libro ese fragmento era mejor o más emocionante, o simplemente más suyo.

Se sentó al lado de la mujer y le retiró el libro de las manos. Sabía que aquella persona necesitaba un abrazo y lo aceptaría. Luego esperaron y conversaron. Hablarse a sí misma confirmaba sus sospechas, apoyaba sus hipótesis pero no despejaba sus dudas. Es frecuente, en alguien que espera y desespera, que de vez en cuando no esté de acuerdo consigo mismo. Una puerta se abrió, cerca, en el pasillo. Un doctor le llamó por su nombre. La invitó a entrar en la consulta. También conocía este párrafo de la historia. Acaso esta vez, por el amor de Dios, el doctor tendría la decencia de dejarla avanzar al capítulo siguiente.

Había un porcentaje, muy muy pequeño, de hastío en la curva de los labios del doctor mientras profería palabras amables, pero ella se había vuelto extremadamente hábil en percibir las mínimas, minúsculas variaciones, de los días idénticos, o sino idénticos, indistinguibles como los platos sucios de las jornadas que se suceden. Los “tal vez”, los “quizá”, los “posible”, camuflaban los “no sé”, los “vete a saber” o tantas y tantas cuestiones sobre las que aquel hombre no tenía control. Y sin embargo, algo le había hecho creer a ella que aquel hombre estaba allí porque controlaba algo, porque sabía, porque estaba preparado para manejar o proponer alguna clase de certitud que condujera al consuelo. De su boca se escurrían frases que de haber estado escritas compondrían líneas que formarían párrafos que se amontonarían para construir páginas. Esas páginas, esos bla bla blas de los últimos meses, los últimos años, las buenas intenciones que eran, pese a todo, callejones sin salida. Y entonces se imaginó el pasaplatos y lo vio sonreír, al hombre que compartía con ella sus anhelos y la pausa en la que les había confinado la vida. Ese rincón que se veía al otro lado del pasaplatos, ese sillón, con o sin libros, eran la sala de espera de él.

El doctor seguía hablando y ella, con ese reflejo instalado tras años de educación obediente, asentía con la cabeza. Su conformidad vacía tampoco quería decir nada, por eso no era realmente grave si se distraía y pensaba en las rutinas que debían completar en casa, o en el trabajo, cuando saliera de allí. La gasolina, las compras, la limpieza, la plancha, la comida, comer, dormir, soñar, reír, llorar, lavar la vajilla, ir a la oficina a trabajar, responder a las preguntas de los demás y resolver sus dudas, consolar su tristeza, hablar, saludar, despedirse, ir al baño a vaciar la vejiga que había llenado al beber, y todo lo demás.

Entonces hizo algo diferente que no tenía sentido. Como ya había probado todas las cosas que eran razonables, todas esas cosas que se hacen por educación, por obligación, por sensatez, por pudor, por reflejo y por costumbre, probó algo nuevo y grotesco. Le pasó la mano al doctor por la cara. Confuso, éste aceptó la caricia y también que ella le sujetara uno de los carrillos con un gesto doloroso, humillante, de madre que castiga. Con la mano libre le lanzó una sonora bofetada y se marchó de la consulta sin esperar que llegaran las quejas del doctor o los resultados de su experimento. Al salir de la consulta recogió el libro, abandonado por la otra mujer en el suelo de la sala de espera vacía y lo volvió a meter en el bolso.

Aparcó frente a la puerta de su apartamento, en el sitio de costumbre. Subió las escaleras hasta el primer piso del inmueble y entró en casa. Saludó con fuerza y él le respondió desde la cocina. Debía estar llenando el frigorífico. Llenar, vaciar, llenar, vaciar. Él la avasalló a preguntas sin apenas dejarle entrar en casa, como siempre, y ella le pidió un poco de tranquilidad. Al fin y al cabo, todos los detalles que tenía que darle se limitaban a decir que no había detalles. Ninguna novedad. Él puso cara de circunstancias. Ella se sentó en la cocina y miró la encimera. “Si no me muevo”, pensó. “Si no me canso, si no como, si no bebo, no mancharé platos y no tendré que lavar los platos y no tendré que ir al baño, no tendré necesidad de dormir para empezar un nuevo día ni tener energías para acabarlo. ¿Por qué tengo que hacer tantas cosas para que no ocurra absolutamente nada?”

Claudicó ante la montaña de evidencias que destrozaba su utopía y se levantó a beber un vaso de agua para saciar la sed. Lo dejó en el fregadero y aprovechó que no tenía nada urgente que hacer para no hacer nada. Miró por el pasaplatos y lo vio en su “sala de espera”, leyendo un libro más bien grueso que forzosamente le iba a ocupar un buen tiempo. Entró en el salón. Por un instante tuvo un terror injustificado, como lo son casi todos, a no poder moverse. A quedarse petrificada junto al fregadero, condenada a ver pasar los días y los platos, allí quieta. Como no fue el caso, una vez en el salón buscó la figurita para completar el Belén, y lo depositó con cariño en el pesebre. Ese acto simbólico resultaba un rezo que, a lo sumo, no haría ningún bien ni ningún daño. “¡Qué ganas tengo de que pase lo que tenga que pasar! De que pase algo”.

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