Depredadores

Lo despertó el silencio. Se vistió con la camisa a cuadros colgada en el respaldo de la silla y los pantalones que recogió del suelo. Abrió los cuarterones para mirar por la ventana antes de caminar hasta la entrada. Se puso las botas que encontró acostadas junto al felpudo y salió a encontrarse con el frío cortante de la mañana. Estaba amaneciendo. Se notaba en los colores extremos y violentos que separaban la noche del día siguiente. Escuchó balar a una oveja y la respuesta de las otras. Se aproximó con tranquilidad al cobertizo y entró para asegurarse de que nada ni nadie había entrado allí por la noche. Cruzó la galería sin percibir nada extraño. Cerró la puerta por fuera y se quedó una hora más oteando hasta donde alcanzaba la vista. El páramo se chocaba con la sierra en la línea aún difusa del horizonte donde buscaba las figuras que esperaba encontrar y que no estaban allí. Juraría haberlas sentido y que eso le había despertado.

Se palpó el pecho justo a la altura del bolsillo de la camisa y notó la cajetilla de tabaco aplastada y casi vacía. La abrió, sacó un cigarrillo y lo encendió. La ruedecita del mechero, el papel que envolvía el tabaco prendiéndose y la respiración que introducía el humo en los pulmones se oía con nitidez en la soledad de aquel paraje agreste y solitario. Las nubes estrechas y afiladas se desplazaban con calma ante sus ojos y los contornos del paisaje se iban construyendo gracia al sol.

Sin saber exactamente qué hora era, Roberto regresó a la vivienda, para tomar una ducha y ponerse una ropa más adecuada para la vista en el juzgado. Tiró la colilla al suelo junto a la casa y volvió a fijar su vista en la distancia, con desconfianza. Estaba seguro de que estaba o estaban allí, en alguna parte. Habían acudido numerosos después del incidente. No se trataba de una única manada. Venían solos o en pareja, pero todos al mismo tiempo. Tomaban lo que podían y desaparecían por un tiempo. Aunque vivían de esto, el daño que causaban era enorme.

Llegó a la Audiencia una hora antes para evitar el acoso de la prensa y esperó a su abogado. Un funcionario le recordó que allí no se podía fumar justo cuando estaba a punto de encender su cigarrillo. Roberto lo miró un segundo con el pitillo en la boca, con desdén, y lo guardó dentro de un bolsillo de la chaqueta gris de su traje, sin hacer comentarios. Fue a sentarse en un banco libre y se apoyó contra la pared. Se entretuvo mirando alrededor y tratando de averiguar, de entre las personas que estaban allí como él, quién era culpable y quién inocente. Llegó el letrado, le estrechó la mano y preguntó si estaba listo. Roberto hizo gesto para responder que no del todo.

    -Vamos dentro – le pidió el abogado.

Las autoridades los acompañaron hasta una antesala y los llamaron poco tiempo después. La muchacha terminó de declarar detrás de un biombo. Habló Roberto, intervinieron los abogados y luego varios testigos. Uno de ellos aseguró que jamás había visto al acusado. Eso complació al abogado de la defensa, quien no pudo disimular una sonrisa casi perversa. Varios periodistas anotaban palabras en sus libretas mientras un tipo joven dibujaba el perfil del acusado en un bloc. Pelo moreno y un poco rizado con varios mechones que volteaban por delante de los ojos; una nariz gruesa pero proporcionada, algo aguileña, labios secos y rostro áspero de barba corta y picuda. Vestía discretamente con un traje gris, cinturón negro y camisa blanca. No llevaba corbata y las suelas de los zapatos estaban manchadas de tierra.

Uno de los periodistas sentado en uno de los bancos de las filas delanteras cabeceaba mientras subrayaba algunas de las declaraciones de los testigos. “Esto no hay por dónde cogerlo”, murmuró, y cerró la libreta. Los otros garabateaban ávidos en sus cuadernos retazos de declaraciones, trozos de frases, fragmentos de sucesos. En el silencio relativo de la sala, Roberto escuchaba a su espalda el recorrido del bolígrafo sobre las hojas, los sonidos artificiales de las cámaras de vídeo y de fotos accionadas a su espalda. Los sentía como cepos cerrándose con un restallido sobre sus tobillos. Las páginas de las libretas rozaban el metal de la espiral. El ruidito le hizo pensar en un animal caminando despacio intentando sin éxito evitar las hojas muertas y las ramas secas, acechando a una presa desafortunada aislada en una parcela de bosque.

Roberto salió de la sala acompañado de su abogado. Su cara mostraba los signos de una cansada resignación. Una cámara de televisión lo grabó mientras completaba el trayecto hasta la calle. La sostenía un tipo con un ojo puesto en el visor y el otro cerrado. A Roberto le dio la sensación de que le apuntaban con un arma y la primera reacción que tuvo fue anteponer una mano para apartarlo. La cámara estaba conectada a un cable y éste a un micrófono esgrimido por un periodista un tanto ansioso. A Roberto se le arrugaron el entrecejo y los pómulos, molesto, sintiéndose acorralado entre el reportero y el detector de metales. Algo pitó al salir pero el agente de la Policía le pidió que continuara. Los fotógrafos lo acribillaban saliendo por la puerta principal. Angustiado, descendió rápidamente los peldaños de la Audiencia, dejando atrás a su abogado y a los medios. En la parada había un taxi aparcado y se acercó a él para tomarlo pero una mano le sujetó del brazo. Una mujer de baja estatura y vestida de negro lo zarandeaba con indignación mientras lo insultaba.

    -¡Eres un maldito, no te vas a librar así de ésta! ¡Canalla, maldito! ¡No eres un hombre, eres una bestia!

Roberto la miró impasible y se deshizo de ella con tirón de la manga. La mujer perdió el equilibrio. Cuando él se encorvó para entrar en el taxi, ella lo golpeó en las piernas y la espalda desde el suelo, con los puños cerrados, hasta que Roberto pudo cerrar la puerta. La sentencia absolutoria, que hacía hincapié en la falta de pruebas, fue dictada por el juez una semana después. Pasado ese tiempo, Roberto seguía sin poder olvidar el rostro furioso de aquella señora que lo miraba con odio mientras se alejaba el taxi.

Sus sueños habían sido tan agitados que Roberto se había despertado en el suelo sangrando por la boca. Parecía haberse golpeado contra una de las baldosas. No recordaba haberse caído de la cama pero sí haberse movido con violencia por el lecho como si le hubiera poseído una fiebre intensa. Tenía una sensación molesta y dolorosa como de mandíbula desencajada. Se incorporó, fue al baño y se enjuagó. Se vistió, preparó un buen almuerzo, lo guardó en una mochila junto a una bota de vino y sacó el ganado a pastar.

Al pasar junto a la propiedad de uno de los vecinos vio varios cadáveres de animales amontonados en la esquina exterior de un cercado. No hacía falta que le dijeran lo que había ocurrido, y no pensaba preguntar. Habían vuelto a atacar por segunda vez esta semana. El otro ganadero salió de su vivienda y se detuvo en seco al ver a Roberto a lo lejos. La mirada de sorpresa se transformó en una mueca que compartía el odio de la mujer del incidente del taxi.

De regreso, Roberto comprobó que el personal de la Junta ya se había llevado a los terneros. Él no tenía muchas cabezas de ganado y la noche la pasaban bajo techo pero había oído que a las reses de su vecino las habían atacado en pleno día. Él no tenía un arma de fuego y aunque la tuviera no contaba enfrentarse a la multa de cazar un animal protegido. Encerró al ganado, lo contó y fue al bar del pueblo. Cuando entró Roberto se apoderó del lugar un silencio acusador. Tres vecinos lo observaban mudos y el camarero lo repasó concienzudamente con la mirada.

    -¿Me puedes poner una cerveza? – preguntó Roberto.

Un instante de duda fue todo lo que necesitó el camarero para agudizar su desprecio.

    -Sí, pero no te la voy a poner – le respondió desabridamente.

En el pueblo había sido noticia tanto el juicio como el dictamen de su inocencia pero desde que se hiciera pública la acusación todos le habían considerado como una vergonzosa y desagradable presencia. Él había comenzado a sentir el nuevo peso del estigma sin necesidad de que nadie le dijera nada. La sospecha lo había ido arrinconando día tras día en una celda de soledad.

De vuelta a la casa, caminando cuesta arriba por las estrechas calles de piedra y cemento, sintió un mareo y se sentó en poyo para tomar aire. La sangre le empezó a amartillar las sienes y una nausea impulsada por la garganta le hizo vomitar. Se apartó la baba de la boca y escrutó con la mirada, sorprendido, los trozos de carne sin digerir que habían caído desde su estómago al suelo.

Al llegar a casa se tomó un té y se acostó sobre las sábanas. Tenía mucho calor y estaba incómodo. Salió a dar un paseo. Roberto conocía bien los senderos, incluso a oscuras. Cruzó caminando sobre un puentecito un riachuelo lleno de pecina, subió por un montículo y se fijó en la luz encendida en una bodega, pero no se acercó más. Estuvo allí un rato vigilando mientras fumaba un cigarrillo. De vuelta a la vivienda, se acercó a comprobar que la nave donde guardaba a las ovejas estuviera bien cerrada.

Lo despertó el balido histérico de su rebaño. Abrió los ojos y quiso echar la mano a la camisa sobre la silla pero no estaba allí. Tocó un montoncito de pelo de textura suave y sintió un líquido pegajoso que le empapaba la mano. Se levantó enérgicamente y echó un vistazo alrededor en la oscuridad. Las ovejas se aplastaban unas a otras contra la pared, presas del pánico. A pocos metros, varios cadáveres despanzurrados desprendían un olor intenso y dulzón. A Roberto le pareció intuir una sombra escabullirse bajo una de las vallas metálicas. Corrió detrás de ella sintiendo cómo el viento se agitaba como sus pulsaciones. Avanzaba sin miedo y sin precaución tras el rastro de aquel depredador invisible, sirviéndose de la claridad intensa de la luna. Llegado al curso del río, comenzó a ver las siluetas que se recortaban esperándolo sobre el montículo. De uno en uno, o de dos en dos, iban llegando y añadiéndose al grupo. La confianza de Roberto se disipó por completo al escuchar sus alaridos, sus aullidos prepotentes. Él gritó en la dirección del grupo que iba volviéndose más y más numeroso.

    -¡Soy inocente! ¡Soy inocente!

Cuanto más gritaba, más aullaban ellos. Empezaron a descender hacia el curso del agua. Roberto buscó algo con lo que defenderse, consciente de que era inútil. Despertó.

El animal, Roberto sospechaba que era un lobo, tardó una semana más en volver atacar, esta vez en un pueblo a doce kilómetros. Los vecinos de la comarca habían reclamado una batida pero no habían obtenido permiso. Roberto se pasaba las noches despierto esperándolo, incapaz de anticiparse a su asechanza, ni tan siquiera lograba localizar sus huellas. Deambulaba entre tinieblas armado con una barra de hierro sin que sus patrullas tuvieran recompensa alguna. Cada noche veía la luz de dos faroles eléctricos encendidos en la misma bodega. Algo dentro de él le empujaba a acercarse, pero sabía que no era prudente.

    -¿Qué haces aquí? – le reprochó un vecino.

Roberto lo miró tranquilo, sin asustarse de la presencia que se había manifestado junto a él en plena oscuridad. Lo reconoció por la voz. Tal vez el vecino también distinguió su mirada desapasionada, falta de energía para el rencor o la indignación.

    -Hago lo que tengo que hacer, proteger lo mío.
    -Buscando otra presa, quieres decir.
    -No. Quería decir lo que he dicho.
    -Juicio o no juicio, eres una bestia.

“Una bestia”, se dijo Roberto. La etiqueta se le había pegado al cuerpo como una maldición o una enfermedad. Sonrió.

    -¿Te hace reír ser una animal, haber engañado a la justicia?
    -Soy inocente porque soy inocente, no porque lo haya dicho un juez.
    -Esto no va a quedar así.
    -Espero que no – alegó Roberto – y que los que me habéis señalado con el dedo me pidáis perdón. Porque sabes que la calumnia es un delito también.

El vecino se alejó de Roberto con el rabo entre las piernas.

Las noches iban pasando sin encontrar el rastro de un lobo, pero era sobre todo durante el día que los vecinos estrechaban el cerco a su presa, a Roberto. Habían pintado insultados con espray en los muros de su casa, en los costados de un remolque, en la puerta del cobertizo. Apenas podía salir a pastorear sin escuchar sus injurias. Roberto se refugiaba en la vivienda y solo salía de noche con la excusa de localizar al lobo.

Le quedaba una única solución a su problema. Tomó una linterna y se aventuró hasta la bodega. Los haces de luz que anunciaban los grupos de vecinos patrullando saltaban entre los árboles y los arbustos como grillos y saltamontes.

Llegó a la bodega y miró por una de las ventanas. Rodeó la construcción y distinguió en el interior la salita con el sofá cama y a ella sola acostada dentro. No estaba seguro de por qué lo hizo pero probó a mover el picaporte de la estancia y la puerta se abrió. Caminó a tientas por un pasillo y llegó hasta la habitación con su barra de hierro en la mano. La puerta estaba entreabierta y Roberto se coló con paso cauteloso. La muchacha le llamó por otro nombre pero él no respondió. Ella se incorporó y descubrió asustada que la persona que había entrado en la alcoba no era quien ella esperaba. Se miraron fijamente reflejando tonalidades distintas de miedo.

    -Diles la verdad – exigió Roberto, dejando caer al suelo la barra de hierro cuando se percató de que aún la llevaba encima.

Ella cerró la mandíbula, apretó los dientes, le insultó con furia.

    -¡Di a todo el mundo la verdad! – gritó Roberto, cuando comenzó a zarandearla sujetándola por las muñecas.

Alguien le golpeó en las costillas, seguramente con la barra. El recién llegado y él forcejearon hasta patear y arrojar fuera de la habitación los faroles que había iluminado la habitación. El hombre que lo había golpeado lo aprisionó contra la pared y trató de estrangularlo presionando la barra contra su garganta. Roberto se quedaba sin aire sin dejar de mirar en dirección a la joven, a la que intuía gracias a su respiración agitada y violenta. Roberto golpeó a su agresor en los testículos y salió huyendo. No paró de correr hasta llegar a casa. Metió la comida que había en la nevera en un saco vacío de pienso, cogió todo el dinero que guardaba bajo una baldosa de la sala de estar y echó a correr en dirección a la carretera.

Mientras preparaba su huida había escuchado al otro hombre pedir ayuda a los vecinos que patrullaban por el campo. Éstos se movilizaron rápidamente y comenzaron a perseguir a Roberto a pie y montados en una furgoneta pick up, bloqueando la dirección por la que había previsto fugarse. Roberto se adentró en el bosque para escaparse de la cacería. Las piernas fatigadas le obligaron a parar en varias ocasiones. Los haces de las linternas se aproximaban y las voces de la turba se escuchaban cada vez más cercanas, tanto que terminaron por acorralarlo en los límites del río. Uno de los vecinos encontró algo y llamó al resto. Era el saco de Roberto tirada entre dos árboles. Siguieron el rastro de unas botas hasta un vado jalonado de piedras grandes y redondeadas. Al otro lado del curso una sombra ágil se adentraba en la espesura. El rastro de las botas se perdía al cruzar el río. En su lugar tan sólo podía adivinarse un sendero de pisadas caninas que se alejaban hacia el sur. Por el discurso del río se perdía una camisa blanca, corriente abajo. Al alba, los depredadores fueron llegando poco a poco a lo largo del día conforme se extendían los rumores de la noche y la noticia de la fuga de Roberto.

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